El pingüino Balbino
El pingüino Balbino
En la Antártida, la tierra del sur helada, vivía Balbino, un pingüino emperador muy bonito que había nacido el mes de agosto pasado.
Con cinco meses le acababan de salir las plumas nuevas, preciosas, limpias y suaves que formaban una especie de traje ideal para meterse en el mar sin mojarse el cuerpo y mantenerse calentito.
En su primera salida al mar estaba emocionadísimo porque, hasta ahora, siempre había comido lo que sus padres traían de sus largas expediciones. Ahora, por fin, iba él a pescar y conseguir su propia comida.
Bajó varios kilómetros por la nieve hasta alcanzar la costa y, entonces, apareció ante él el mar, inmenso, azul y rizado por el viento. El paisaje le pareció maravilloso e, inmediatamente, le dieron ganas de nadar, nadar como nunca había podido hacer hasta ese momento.
En cuanto alcanzó la orilla, se lanzó de cabeza al agua y, naturalmente, gracias al hermoso plumaje de adulto recién estrenado, notó que flotaba y que apenas sentía el frío del agua.
Comenzó a nadar hasta alcanzar al grupo de los otros pingüinos y a sumergirse para capturar los peces que nadaban en grandes grupos allá abajo, se fijó en un hermoso ejemplar y lo persiguió con la intención de comérselo incluso debajo del agua.
Buceó y buceó y a punto estuvo de alcanzarlo cuando ya se estaba quedando sin aire y entonces tuvo que salir a la superficie a respirar.
Tendría que ser más rápido la próxima vez. Cogió una gran bocanada de aire y volvió a zambullirse, esta vez con más fuerza que antes y, naturalmente, con más hambre.
En esta ocasión se fijó en un pez que nadaba hacia el fondo, huyendo de él. De repente, apareció otro pingüino adulto y se lo arrebató de un bocado, cuando estaba abriendo ya el pico para comérselo.
¡Caramba, qué difícil es esto de la pesca! Entonces pensó que tendría que buscar una estrategia especial para poder comerse un sabroso pez.
Cuando se volvió a zambullir ya tenía prevista una nueva forma de pescar, se sumergiría a toda velocidad sin colocarse detrás del pescado, cuando estuviera justo al lado, girando la cabeza atraparía con su pico al pez más cercano. Esta nueva maniobra resultó ser estupenda, cazó así cuatro hermosos peces y se llenó la tripa, de modo que ahora empezó a nadar sólo para divertirse.
Empezó a nadar, a saltar por encima del agua y a entrar en ella nuevamente.
¡Qué divertido era ser pingüino, nadaba más deprisa que los peces y podía estar muchísimo tiempo bajo la superficie!
Poco a poco se fue alejando de la costa; tan entusiasmado estaba que no se dio cuenta de que la tierra se había perdido de vista.
Cuando se quiso dar cuenta estaba en alta mar y se dirigía hacia el norte creyendo que regresaba a su casa, aunque se alejaba más cada minuto que pasaba.
En los días siguientes mantuvo el rumbo al norte, descansando en la superficie cuando estaba muy cansado y sumergiéndose a comer peces cuando tenía hambre.
Un día vio que, a su derecha había tierra y pensó que, por fin, había vuelto a su casa, donde vivían todos los pingüinos que él conocía.
Cuando llegó a la costa, vio una enorme colonia de pingüinos. Eran pingüinos de Magallanes que anidaban en el suelo cercano a la playa.
Eran bastante más pequeños que él y no tenían las bonitas plumas amarillas a los lados de la cabeza, como los de su especie, sino unas franjas horizontales de color blanco en el cuello y sobre el pecho.
Intentó comunicarse con ellos para preguntarles dónde encontrar su colonia, pero no consiguieron entenderse. Definitivamente no había duda de que eran especies diferentes, ni siquiera le parecían tan bonitos como los suyos.
Al día siguiente emprendió viaje de nuevo y tomó otra vez rumbo al norte que mantuvo unos días más, hasta que vio a lo lejos unas islas donde le pareció buena idea descansar un tiempo.
Cuando llegó, encontró una costa rocosa y bastante irregular donde habían hecho sus nidos otros pingüinos, más pequeños aún que los de Magallanes, aunque se parecían bastante. Eran pingüinos de las Galápagos.
Intentó nuevamente comunicarse con ellos, pero tampoco podían entenderse.
Cuando estaba a punto de darse por vencido, un pingüino muy viejo que estaba solo sobre una roca le dijo algo que pudo entender por fin.
- Estás muy lejos de tu casa y si continúas hacia el norte te alejarás más aún.
- ¡Vaya sorpresa! puedo entender lo que hablas aunque seas distinto a mí.
- Claro, hombre. Yo he viajado muchísimo y he llegado hasta tu tierra, en la Antártida, estuve allí un tiempo y aprendí tu idioma.
- Pues me alegro muchísimo, porque me he perdido y estoy deseando volver a casa, con los míos.
- Te va a costar un montón, porque la corriente que corre por estas costas siempre te llevará al norte, tendrás que adentrarte en el océano hasta que notes la corriente caliente que te empujará hacia el sur, que es donde está tu casa. Tendrás que pasar por la casa de los pingüinos de Magallanes.
- ¡Ah sí! Ya los conozco, se parecen mucho a vosotros y son un poquito más altos que tú.
- Efectivamente, pero si continúas hacia el norte no vas a encontrar más pingüinos, porque nosotros somos los que más al norte vivimos.
- Muchas gracias por tu ayuda y tus consejos.
- Que tengas muy buen viaje.
- Adiós, gracias señor pingüino.
Balbino se lanzó al agua y nadó, nadó, nadó hasta introducirse en lo más profundo del océano, sintió que el agua que venía del norte estaba más calentita y se dejó llevar por la corriente hacia el sur y así, al cabo de unos días que se le hicieron larguísimos, consiguió avistar la costa helada de la Antártida, donde vivía, donde todos le entendían cuando hablaba y donde le recibieron muy contentos, poque era uno más de la bandada y porque le habían echado mucho de menos.
