María
Son casi las nueve de la noche, la impaciencia le impide permanecer quieta y pasea por el andén mientras espera el tren.
Cuando al fin llega, el vagón va hasta los topes, las caras de los viajeros reflejan el cansancio de otro pesado día de trabajo y se dirige a un rincón donde, al menos, poder apoyarse. ¡Dios mío, cómo me duelen las piernas hoy! Es que no he tenido ni un momento para sentarme en todo el día, ni para comer. Un bocado entre clienta y clienta. Eso no es forma de comer, llega un momento en que se te pasan las ganas.
Junto a ella, una pareja muy amartelada susurra sus intimidades entre caricias y risas de complicidad. Se siente incómoda ante la descarada confianza de los novios; le gustaría cambiar de sitio, pero el apretado amasijo de viajeros hace que sea imposible, por lo menos hasta la siguiente parada. Sí, tonta, créete todo lo que te diga ahora, que cuando os caséis ya se quitará la máscara y vas a saber lo que son los hombres.
Mira el reloj. Ya llego tarde otra vez. Otra vez que vamos a tener pelotera. Es que no hay manera, si este hombre fuera capaz de entender que las clientas tienen la costumbre de presentarse en el último momento; pero no, claro, él quiere su cena a las diez sea como sea.
Pues nada, tendremos bronca, gritos, malos modos y ya veremos qué humor tiene hoy el señor. Con un poco de suerte hoy no ha tenido mal día. Anda que si él tuviese que aguantar en la peluquería lo que yo aguanto, no sé qué iba a pasar.
María ruega al cielo que hoy no hayan transmitido un partido de fútbol por la televisión, cuando hay partido bebe mucho y se pone más violento que de costumbre. La última vez estaba de un humor insoportable, su equipo perdió y no paraba de llamar inútiles a los jugadores, al entrenador y al árbitro. Como siempre, ella parecía ser la culpable de todo, porque no cesó de recriminarle cualquier cosa que hiciera o dijera hasta que, al fin, se durmió.
Dormido parece otra persona, su rostro sereno le recuerda al joven que la enamoró y en quien depositó todas sus ilusiones y esperanzas de futuro. Las bonitas palabras y las atenciones con ella desaparecieron como una paloma en la chistera de un ilusionista el mismo día de la boda. Durante el banquete, ya le susurró al oído que desde aquel momento era suya y que se debía a él, ¡Curioso momento para comunicarle su sentencia! Entonces no intuyó que el lazo dorado que ella esperaba se convertiría en una cadena que la anularía por completo.
Ya llevan ocho años casados y ni un solo día ha llegado a sentirse libre o verdaderamente feliz, ni siquiera al principio de su matrimonio. Han tenido altibajos, claro, como todo matrimonio. Hay períodos en los que parece que la cosa va a mejorar; pero esas etapas son cada vez menos frecuentes.
En los primeros tiempos, confundió la urgencia sexual de él con la pasión. No tardó demasiado en darse cuenta de su error. Conforme pasaban los meses, él se iba serenando y las caricias preliminares se fueron haciendo más escasas, convirtiendo el sexo en algo cada vez más ritual para él y menos sugerente para ella. Hasta que apareció la desagradable sensación de ser un simple objeto donde él descargaba sus instintos.
Ahora se ha convertido en una experiencia cada día más penosa. ¡Si al menos fuera delicado en la cama…! Sus inexpertas caricias nunca le han llegado a estimular lo suficiente y, a veces, incluso le resulta doloroso. Él la acusa de frigidez porque dice que nunca le apetece; pero no es así, lo que le disgusta es que esa supuesta expresión de cariño se haya convertido en una simple ceremonia semanal de diez minutos en la que lo que menos expresa es, precisamente eso, cariño.
Sencillamente se deja hacer e intenta relajarse a pesar de la torpeza y falta de tacto de él. Le gustaría disfrutar con ello, como aparece en las películas; pero son eso, películas y nada más. Ella jamás lo consigue; aunque ha habido veces que realmente ha llegado a sentirse excitada, nunca ha podido experimentar un verdadero orgasmo; él siempre acaba demasiado pronto y se deja caer en su lado de la cama, agotado, para dormirse instantes después.
María piensa que el problema está en ella, porque no es capaz de alcanzar el ritmo que marca su marido. Quizás si consultasen con alguien… Pero no, nunca hablaría de esto con nadie, ¡qué vergüenza! Además, si le dijese de visitar a algún especialista, se reiría de ella como cada vez que intenta aportar alguna idea. Hay veces que piensa que sería mejor que él buscase una amante en quien saciar su apetito; así, al menos, no le haría pasar por el mal rato, sobre todo en esos días que está tan cansada que eso se le llega a hacer insoportable.
María, a fuerza de escuchárselo decir constantemente, piensa que todo en su vida es normal, piensa que es normal que él no solo no colabore en absoluto en casa, sino que también le exija lo que cada día le cuesta más ofrecerle. Cree que son normales las reprimendas por cualquier motivo y ha llegado a pensar que las merece, o que es natural su falta de autoestima y la inseguridad que le acompañan continuamente porque no está a la altura; considera lógico que él decida por ella porque él es quien aporta la mayor parte del dinero en casa, que la deje en ridículo delante de otras personas por el menor error o un comentario desafortunado, porque así aprende, dice él.
Es verdad que nunca me ha pegado. Sé que hay hombres que llegan a darles verdaderas palizas a sus mujeres y eso sí que tiene que ser duro; pero hay veces en que casi preferiría que me diera una bofetada antes que decirme las cosas que me dice. Me hace sentir tan inútil y tan dependiente de él… Claro que si me marchara no podría vivir con lo que gano; su sueldo es mucho mayor que el mío y es prácticamente de lo que vivimos; pero eso no le da derecho a tratarme de esa manera, aunque él diga que es por mi bien.
A lo largo de estos ocho años, él se ha encargado, invariablemente, de hacerle ver que su vida actual es lo tradicional en toda pareja. Será normal; pero me duele y me gustaría que fuera más indulgente conmigo, más cariñoso y más justo. Cuando él se equivoca no tiene importancia, incluso bromea a causa de sus errores. Si soy yo quien se equivoca, bien que se encarga de hacérmelo notar y recalcármelo durante días, por si se me ha olvidado.
Hace tres años, durante una pausa en el consumo de pastillas, quedó embarazada y una nueva esperanza iluminó sus días; él, naturalmente, no se dio cuenta de nada. María supuso que un hijo le haría más tierno y amable; pero en realidad no estaba segura de cómo tomaría él ese cambio en sus vidas, así que se lo ocultó durante casi dos meses mientras no paraba de darle vueltas a la cabeza al modo de irle preparando poco a poco para decírselo.
Una noche se sintió muy mal y tuvieron que acudir a urgencias. Cuando entró en la habitación tras el legrado no pudo mostrarse más frío, la otra cama estaba ocupada y, afortunadamente, no se atrevió a montar un escándalo. Más tarde, cuando regresaron a casa, añadió a su natural disgusto por el mal trance que había pasado una bronca monumental, por no haber confiado en él, le dijo.
Pasados dos días, no volvió a hacerle reproches sobre el tema e, incluso, pareció aliviado cuando, en un momento dado, comentó que no era esa la ocasión más adecuada para tener un crío. Aunque nunca lo ha reconocido abiertamente, está claro que él no quiere niños. María se da cuenta de que si llegase un pequeño, le sería imposible seguir tan pendiente de él, ¡Es tan egoísta…! Si hubiese estado dispuesto a tener hijos, seguro que se lo hubiera propuesto en más de una oportunidad, él siempre quiere llevar las riendas de todo y hubiera insistido una y otra vez sin considerar la opinión de ella.
Cuando era niña, era mi padre quien tenía el control de todo; de los gastos de la casa, de los libros que podía o no podía leer, de dar el visto bueno a los amigos con los que podía salir, de la longitud de mis faldas… Mis dos hermanos eran, dentro del orden establecido, libres de vestirse como más les apeteciera; podían volver a casa más tarde de las once, leer cualquier libro que cayese en sus manos y, más o menos, disponer de sus vidas casi a su antojo, no en vano eran hombres. Yo, sin embargo, debía someterme a estrictos horarios y ayudar en casa en los ratos libres, debía poner la mesa y servir a mis hermanos mientras ellos holgazaneaban. No vamos a engañarnos, no echo de menos aquello, si ahora tengo un dueño, también lo tenía entonces.
Mi madre nunca se reveló contra aquella situación, ella misma era una esclava sin vida propia, y nunca tuvo el valor de enfrentarse a mi padre, decirle que no era justo tener que darles todo en la mano mientras ellos veían tranquilamente la televisión o leían en la sala, soportar sus reproches por cosas absurdas, solo para desahogarse después de un mal día en el trabajo. Nunca la vi llorar, ahora sé que se escondía como me escondo yo cuando no puedo más, también sé ahora que las mujeres nos ocultamos para llorar, para no dar a los hombres el gusto de ver lo débiles que nos sentimos a su lado.
El tren se detiene y se apea un gran número de viajeros, por fin consigue sentarse y aunque ya solo le quedan tres paradas, intenta disfrutar de ese momento de consuelo para sus doloridas piernas. En el asiento de enfrente, un atractivo hombre maduro mira fijamente a María y ella siente cómo el rubor sube a sus mejillas mientras aparta su mirada hacia el suelo.
Consulta de nuevo el reloj. Parece que no va a llegar tan tarde después de todo, total solo tarda diez minutos desde el metro a casa, son las nueve y veinticinco y todavía puede llegar a tiempo de evitar la regañina; aunque tenga que correr un poco.
Cuando se apea del vagón se mezcla entre la muchedumbre donde se siente arropada. Pero, poco a poco, mientras se dirige hacia la salida, el sentimiento de soledad y desprotección al que está tan acostumbrada la va envolviendo como la ráfaga de aire fresco que comienza a invadir el pasillo.
Una vez en la calle, acelera el paso en dirección al piso mientras trata de pensar en lo que hará de cenar; en poder descansar las doloridas piernas después del trajín de la cocina, en que antes de acostarse tiene que poner una lavadora, en cualquier cosa que le haga, en definitiva, olvidar el hastío y el miedo.