La sombra

Me llamo Maarten Peeters, soy un apasionado arqueólogo y he estudiado las culturas nórdicas durante casi toda mi vida.

Desde hace casi quince años, he estado trabajando en las excavaciones del pueblo sueco de Uppåkra y el año pasado, en una de las tumbas abiertas, encontramos diversos objetos que, indudablemente, pertenecían a un personaje relevante del siglo IX.

Se trata de la tumba de un hombre de unos 180 cm. En ella se localizaron, entre diversidad armas y abalorios típicos de un importante dignatario, una pequeña vasija de obsidiana negra primorosamente tallada y sellada.

Una vez localizado el recipiente, fue llevado al laboratorio, donde fui el encargado de clasificar, inventariar y, naturalmente, abrir el envase para analizar su contenido.

Clasifiqué el objeto como vasija ritual. La verdad es que no existen escritos como el Corán o la Biblia que recojan la cosmogonía nórdica, pero hay sagas escritas posteriormente que recogen la tradición oral de varios siglos.

Además de la Edda menor de Snorri Sturluson, la Edda poética y la Gesta Danorum del monje danés Saxo Grammaticus (obras todas del siglo XIII) poca documentación disponemos para afirmar con plena certeza cómo y cuáles eran los ritos de este pueblo.

Sin embargo, podemos afirmar que la tumba hallada respondía, indudablemente, a la práctica de un ritual de sacrificio llamado Blót como tributo de sangre y llevado a cabo por un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa)

Las cadenas que ataban las muñecas del cadáver, el cráneo separado del tronco y los objetos que rodeaban el cuerpo, a modo de fetiches para combatir los malos espíritus y el retorno del difunto nos decía claramente que aquel individuo había sido considerado un draug, algo así como un vampiro o un demonio.

Cuando abrí la vasija, pude apreciar que en su interior había una masa negruzca endurecida por el paso de los siglos. Tomé muestras para su análisis y los estudios posteriores arrojaron como resultado que se trataba de materia orgánica envuelta en una especie de resina y especias; si hubiera sido recogida en una pirámide egipcia, lo hubiéramos clasificado inmediatamente como un vaso canopo, es decir un recipiente para guardar algún órgano o víscera del cadáver debidamente embalsamado.

Al día siguiente, tras pesar por segunda vez la masa negruzca que extraje de la vasija, observé con perplejidad que había perdido una importante cantidad de masa, lo que no pude atribuir al calor ni cualquier otro elemento propio del laboratorio.

Sin embargo, agazapada en un rincón del laboratorio a la sombra de la centrifugadora, una mancha negra palpitante parecía esperar a que me sentase ante el microscopio y, mientras yo observaba las muestras extraídas bajo mil aumentos, la mancha se desplazaba hasta alcanzar mi pie izquierdo que permanecía apoyado en el suelo.

Hoy, un año después de aquella noche, en la soledad de mi apartamento juego al ajedrez contra lo que parece mi propia sombra. En las largas noches de estos parajes nórdicos, me susurra al oído cuentos y leyendas de la antigua Escandinavia, pero lo mejor de todo es que, desde hace un par de meses, no hay partida en la que no me dé jaque mate en menos de veinte movimientos.