¿Quién anda ahí?

La calle era un hervidero de gente. El bullicio era tremendo. Era lo natural en plenas fiestas locales.

El toro de fuego perseguía a unos y a otros y parecía surgir de entre el humo y la lluvia de chispas. El griterío subía de volumen cada vez que se aproximaba a un grupo de personas.

Por uno de esos azares del destino y para su fastidio, durante el juego de la huida de las pavesas, el muchacho se había quedado aparte en una acera de la calle. El resto de su pandilla se encontraba, aunque desagrupada, justo enfrente, donde se localizaba toda la diversión. En su lado apenas había público, si acaso unas pocas personas dispersas y bastante separadas de donde él se encontraba, mientras que la mayoría del gentío y la algarabía estaba en la orilla opuesta.

Lo que ocurrió a continuación, a pesar de los años transcurridos, aún lo persigue y lo hace estremecerse cuando lo recuerda.

En los instantes siguientes, el bullicio fue apagándose hasta alcanzar un silencio totalmente opresivo, a la vez que todo a su alrededor comenzó a discurrir más despacio. Veía, escuchaba y percibía todo como si se encontrase ante una pantalla de cine y la película se desarrollara a cámara lenta, a un ritmo completamente distinto al que su mente y su cuerpo estaban viviendo ese momento.

Y la película llegó a detenerse totalmente en un fotograma.

Asustado, miró a su alrededor y vio que se encontraba, por lo menos, a siete u ocho metros de la persona más próxima. No sabía qué pensar. No tenía idea de qué podía ser lo que estaba ocurriendo y entonces escuchó una voz a su espalda que lo llamaba como en un susurro:

– ¡Juan, Juan!

Inmediatamente giró sobre sus talones para ver quién podía llamarle pero no había nadie en su proximidad y el mundo seguía congelado.

Como es lógico, se asustó aún más y notó cómo su corazón comenzaba una loca carrera en la que parecía querer huir de su pecho.

Una fracción de segundo después, la película en la que se encontraba inmerso comenzó a discurrir de nuevo, muy despacio al principio, pero adquiriendo ritmo hasta llegar a lo que se puede considerar un tempo normal.

Estaba sobrecogido con lo que había sucedido, pero ahora la aparente normalidad lo envolvía nuevamente y empezaba a calmarse. Pensó cruzar la calle que lo separaba de sus amigos. Necesitaba sentirse arropado, aunque no estaba seguro de querer compartir con ellos lo que terminaba de suceder.

Antes de dar el primer paso hacia el otro lado de la calzada, comenzó todo de nuevo. Otra vez pareció detenerse el tiempo, lentamente, hasta la total quietud y el silencio absoluto.

La misma voz indefinida, no podría decir si era de hombre o de mujer, que unos segundos antes le sobrecogiera repitió:

– ¡Juan, Juan!

Un escalofrío recorrió su columna como una sacudida. Se mantuvo totalmente inmóvil, como para confundirse con el resto del paisaje y pasar desapercibido. Aterrorizado, sintió como alguien posaba una mano sobre su hombro izquierdo.

No se atrevía a verificar lo que ya sabía, pero la presión sobre su hombro se mantuvo hasta que, temblando, se giró lentamente para confirmar su sospecha. ¡No había nadie!

A punto estaba de desvanecerse cuando la película comenzó nuevamente a avanzar hasta alcanzar la velocidad ordinaria.

Cruzó corriendo la calle y se unió al grupo.

Unas horas más tarde se despedía de ellos en la estación de autobuses, sin dar demasiadas explicaciones y deseoso de encontrarse ya en Madrid.